LA PRESA DE YOSOCUTA

Se localiza a 12 kilómetros al suroeste de la ciudad de Huajuapam de León, lugar que cuenta con los medios de transporte necesarios para trasladarse a este rincón oaxaqueño. El embalse de la presa constituye, junto con la vegetación árida de la zona, apacibles paisajes, dignos de ser admirados.

En 1976 se creo aquí la unidad de producción de crías de las especies: lobina negra, tilapia, mojarra y carpa de Israel. Anualmente realizan torneos de pesca, en los meses de Septiembre y Octubre, organizados por la Sociedad Cooperativa de Producción Pesquera y Prestación de Servicios Turísticos. Esta cooperativa posee lanchas que se encuentran a disposición del visitante que desee realizar recorridos por el tranquilo embalse de la presa

Para que la estancia en este lugar sea más agradable, en la margen de la presa se acondicionó un espacio con kiosco, chapoteadero, juegos infantiles, canchas de basquetbol y volibol, bungalows, restaurante, sanitarios y estacionamiento.

Le recomendamos visitar la presa de Yosocuta en los meses de Septiembre y Octubre ya que en estos meses se realizan torneos de pesca organizados por la Dirección General de Pesca y la Secretaría de Desarrollo Turístico. 

EL CERRO DE LAS MINAS

Hace varios años nos visitaron unos tíos que radican en la Ciudad de México. Estábamos en el desayuno cuando escuchamos en la radio un comentario acerca del Cerro de las Minas. A mi tío le interesó mucho lo que había escuchado porque ya tenía algunos años de no venir a Huajuapan. En el comentario dijeron que acudirían varios arqueólogos a realizar los estudios correspondientes, para que en pocos meses iniciaran los trabajos necesarios y así poder dejar al descubierto los vestigios de nuestra raza, que tenía guardados en su seno el tan cariñosamente nombrado Cerrito de las Minas. Al escuchar esto, recordé aquellas visitas que hacíamos al cerrito desde que yo era muy pequeño y entonces no sabíamos que se trataba de una zona arqueológica, pues sólo íbamos a contemplar la ciudad y a cortar guajes. Lejos estábamos de saber que caminábamos sobre algo maravilloso. Ahora ya sé de qué se trata.

A mi tía le molestó un poco que fueran a desenterrar las construcciones de nuestros antepasados, manifestó que era como profanar las tumbas de nuestros muertos y que sin duda removerían sus huesos que yacían tranquilamente ya desde hace varios siglos. ¡Ojalá no se enojen!, dijo mi tío.
Ese día decidimos ir al Cerro de las Minas con la idea de que probablemente sería la última vez que lo veríamos así, con su secreto guardado.

Nos dispusimos a salir inmediatamente mi tío, un primo, mis dos hermanos y yo. En el camino no comentamos otra cosa que no fuera lo que según nosotros iban a encontrar al excavar el cerro. Mi tío, que era el más ilustrado, dijo que encontrarían pirámides y tumbas, nosotros los niños soltamos nuestra imaginación para que volara, mi primo mencionó que él venía de la capital y que no sabía nada de eso, mi hermano el más pequeño dijo que de seguro encontrarían puras piedras porque era cerro, mi otro hermano, como si ya lo estuviera mirando, aseguraba que hallarían oro y plata y yo, el hermano mayor, simplemente dije que en un lugar así sólo iban a descubrir ídolos y piedras grabadas.

No tardamos mucho en llegar a la cima del Cerrito de las Minas y lo primero que hicimos fue mirar la ciudad y buscar allá a lo lejos, nuestra casa. En seguida tomamos fotografías, después nos dispusimos a recorrer paso a paso el lugar. Mi tío nos dijo que viéramos por última vez al cerrito, así como estaba, porque después sería muy diferente y tristemente agregó: Estamos parados sobre lo más querido de nuestros ancestros. Nosotros con respeto visitamos este lugar sagrado, otros como ratas han rascado con sus ansiosas manos para buscar algo que puedan cambiar por sucias monedas y lo seguirán haciendo si no se les marca un alto, dentro de poco tiempo comenzarán los trabajos para descubrirlo que hay aquí. Ojalá lo hagan a conciencia!

Seguimos observando y pensando cosas, creo que todos hacíamos lo mismo porque mirábamos el suelo con la mano en la barbilla. Cuando nos dimos cuenta, ya estábamos en lo que parecía la entrada de una cueva, se encontraba a un lado de las rocas, no la habíamos visto antes, en otras ocasiones pasamos por ahí y nadie recordaba haberla visto. Hicimos a un lado los arbustos que la cubrían y pudimos comprobar que en realidad era la entrada de una caverna. Como se trataba de observar, tomamos muy en serio la misión y comenzamos a entrar poco a poco. Más adentro la gruta se hacía más amplia y podíamos avanzar con facilidad de uno en uno. La ligera luz que daba el encendedor de cigarrillos que portaba mi tío sólo le permitía alumbrarse un poco. Él iba delante de nosotros, después los niños más chicos y yo atrás; mis manos de repente dejaron de sentir la aspereza de las piedras y comenzaron a palpar paredes lisas. Más adelante percibimos que algo nos iluminaba, de seguro no era la luz del encendedor porque era diferente, como sí la luz aquella viniera de dentro. Avanzamos, vimos que la iluminación aumentaba y pudimos apreciar que se trataba de un pasillo. Cuando nos percatamos ya estábamos al final de la galería, claramente pudimos observar una sala que tenía varias puertas, en cada lado de las entradas había una antorcha grande que no humeaba, nos llegaba un aroma a incienso, vimos que uno de los accesos se abrió y apareció una persona vestida tal como se pintan a nuestros antepasados en los libros, parecía un guerrero porque llevaba una lanza en la mano. Nosotros los niños tratamos de salir corriendo pero nos hicimos bola y caímos al piso.

Nuestros ojos exageradamente abiertos esperaban ser apagados con la punta de la lanza de aquel hombre pero por suerte, ni siquiera intentó arrojarnos su arma, sólo hizo una señal para que nos pusiéramos de píe y habló en un lenguaje que yo no conocía. Me pareció que mi tío sí comprendió porque escuché que dijo algo.
El guerrero nos condujo por aquella entrada y llegamos a otra sala. Ahí estaba sentado alguien que parecía el máximo señor, a su lado había dos centinelas. Tan pronto como llegamos, de otra puerta salieron dos mujeres que llevaban unas pieles y las colocaron en el piso, en seguida se fueron. Aquel jefe nos hizo una señal para que nos sentáramos sobre de las pieles, así lo hicimos, después aquel señor comenzó a hablar en lenguaje mixteco muy antiguo y de vez en cuando mi tío contestaba. Al terminar de hablar, nuevamente aparecieron las mujeres, esta vez llevaban comida, carne orneada de venado y una deliciosa bebida; posteriormente, aquel jefe o lo que fuera, nos señaló las inscripciones que había en unas piedras y también nos mostró varias pieles finamente trabajadas que tenían signos y dibujos. En seguida se despidió de nosotros haciendo señales de que podíamos llevarnos las pieles que ocupábamos de asiento.

Salimos de aquella sala cargando nuestra piel y llegamos a la otra habitación. Ahí nos despedimos del guerrero. Yo como venía atrás, fui el último en despedirme de aquel señor. Fue poco el tiempo que estuvimos ahí pero tenía la sensación de haber estado todos los años de mi vida. Como sí ahí hubiera vivido todo el tiempo y aquella gente tuviera mi sangre. Eso fue lo que sentí. Creo que aquellas personas también sintieron lo mismo porque se notaba la confianza en sus ojos y en su proceder. Aquel guardia se llevó una mano al cinto, desprendió un hacha pequeña y me la dio. Emprendimos la salida por el pasillo. Ya para llegar a la apertura, mi tío nos dijo que dejáramos la piel; obedecimos, salimos de aquel lugar y volvimos a colocar los arbustos en aquel acceso. Casi no se veía aquella abertura.

Subimos un poco, avanzamos hasta la sombra de un mezquite, ahí nos sentamos sobre algunas piedras y mi tío comenzó a decirnos lo poco que había entendido de lo que habló el señor allá adentro, bajo la tierra. Nos dijo que mencionó su propio nombre y el de su pueblo; además le contó parte de su historia. Lo que mejor entendió, fue que estaban tristes porque se iba a iniciar una batalla, que ya habían tenido varias pero que ésta iba a ser diferente porque sus enemigos eran más poderosos, gente pálida que vendría de allá, de allá de donde vienen los aires más fríos. Lo demás ya no lo entendió.
Sentimos sed, nos levantamos de las piedras, bebimos agua, nos tomamos otras fotografías y emprendimos el regreso a casa. A cada momento yo palpaba con suavidad el hacha que traía escondida entre mis ropas.

Llegamos y a nadie le contamos lo que nos había sucedido en el cerrito. Después lo haríamos. Al día siguiente mi tío y su familia regresaron a la capital. Pasaron varios meses y comenzaron a trabajar en el Cerro de las Minas, se veía mucha gente en las faenas mientras otros iban de visita y yo no quería ir porque me daba tristeza ver lo que hacían. No sabía por qué. Ahora sé muy bien porqué sentía eso.

Supe que conforme avanzaban los trabajos iban encontrando cosas que sacaban a la luz. También hallaron varias tumbas y algunas piedras con grabados. Decidí volver con mis hermanos una mañana. Todo era diferente y vimos maravillados cuánto había estado enterrado. Nos dirigimos al lugar donde aquella vez habíamos encontrado la entrada a la cueva. Ya no estaba. En su lugar quedaron al descubierto algunas construcciones ya restauradas. Tratamos de ubicarnos por dónde estaban aquellas salas y nos sorprendimos al descubrir que precisamente ahí, se habían descubierto unas tumbas. Sentí un breve estremecimiento y en seguida nos alejamos del nuevo Cerro de las Minas.

Al poco tiempo y cuando el Cerro de las Minas ya estaba convertido en una bella zona arqueológica, el gobierno dijo que por fin llegaría la modernidad. Se construyó a un lado y muy cerca, esa gran tienda ”Burger …” no se qué, donde se ofrecen hamburguesas y otros productos con la etiqueta “Made in USA”. No tiene muchos días que visité las ruinas del Cerrito. De regreso me dieron ganas de entrar en esa tienda llena de cristales, con grandes y luminosos anuncios en inglés. Probé sus dichosas hamburguesas que en nada se comparan a lo que comimos aquel día bajo la tierra, así como no podemos igualar los objetos que venden con mi hacha que me dio aquel guerrero. En fin, había llegado la modernidad.